En Cuba: ¿La hora de la tarea o del pellizco?

Por Vladia Rubio

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A la realización de los deberes escolares en casa parece estar acompañándola en ocasiones una dosis de violencia familiar hacia el menor no siempre visualizada ni calibrada en su gravedad.

—¡Que yo me entere que el chiquito ese volvió a ponerte un dedo encima! ¡Todavía no ha nacido el que pueda maltratar a mi hijo!

La última frase Carolina la pronunció a voz en cuello parada en la ventana, para que el vecinito conflictivo, y todo aquel que quisiera, en una cuadra a la redonda, se enteraran.

Resulta usual que las madres declaren y sientan profundo amor por sus hijos, al punto de estar dispuestas a defenderlos de lo que supongan sea cualquier amenaza. Lo paradójico es que, junto a tan legítimos sentimientos, a veces sean ellas mismas quienes, sin saberlo y creyendo hacer lo mejor, les maltratan.

Una hora después del incidente que transformó a Carolina en una leona defendiendo a su cachorro, igual furia destellaban sus ojos, sus palabras y también sus acciones, pero esta vez dirigidos al niño, que se encogía como un caracol sobre la libreta escolar en que trataba de hacer la tarea. Como no le salían bien las cosas, había borrado muchas veces, y la hoja rayada exhibía, casi en el centro, un acusador agujerito, catalizador del descontrol materno.

Y no es que Carolina fuera una desequilibrada. Había llegado hacía dos horas de su trabajo como técnica de laboratorio en un centro farmacéutico. Y apenas sin sacudirse las pesadillas del P-4, se había puesto a recoger las cosas que en la mañana su marido y el niño habían dejado fuera de lugar. Simultáneamente, preparaba el baño de la madre diabética y le daba las medicinas, para luego fajarse con la preparación de una comida cuyo menú debía ponerse a inventar.

Justo en el momento en que descubrió que no le quedaba ni una gota de aceite para freír las croquetas criollas, escuchó al marido quejándose porque el perro le había mordido una chancleta y, a la vez, al niño rezongar con un «ñooo» bajito, mientras borraba por cuarta vez la respuesta de la tarea. La tarea que parecía no acabar nunca, y todavía él debía bañarse después de la abuela antes de sentarse a comer.

Fue entonces cuando Carola, como la llamaban sus allegados, salió disparada para donde estaba el escolar de seis años y al ver los borrones y la hoja rota, acabó de unírsele el cielo con la tierra.

«¡¿Serás bruto?! ¡Mira lo que hiciste, chico; a ver qué le vas a decir a la maestra mañana! ¡A ver, dime!», y lo zarandeó duro por el brazo.

De buenas intenciones está empedrado…

La investigación «Vida cotidiana familiar y maltrato infantil durante la tarea escolar. ¿Mito o realidad?», de la socióloga Caridad Anay Cala Montoya, profesora de la Universidad de Oriente, ratifica que no son excepcionales escenas como esta. El estudio que hiciera a 50 niños entre seis y siete años junto a sus respectivas familias, evidenció que, durante la realización de los deberes escolares, en un 54 por ciento de los casos prevaleció el maltrato físico, en un 44 por ciento el maltrato verbal, un 4 por ciento fue objeto de violencia psicológica y un 18, de lo que la investigadora llama microviolencias.

No olvidar que por maltrato infantil puede entenderse, según Marta de L. Rodríguez y Magdalena Cerón, citadas por la investigadora, «desde pedirles (a los menores) que realicen actividades no acordes con su edad, no brindarles la alimentación suficiente, hasta negligencias en su cuidado, golpes, etc. En cuanto a lo psicológico, va desde ignorarlos, no valorar su capacidad física e intelectual, no reconocer sus éxitos, hasta insultarlos». Ello por no hablar ya de incesto y otras malas, malísimas yerbas. A ello se agrega que «uno de los nuevos escenarios en que dicho maltrato se manifiesta es durante la tarea escolar…», de acuerdo a lo asegurado por los doctores y estudiosos neoyorkinos P. Dawson y R. Guare.

Aun cuando el resultado arriba mencionado no puede generalizarse, vale como muy atendible alerta y motivo de seria reflexión por parte de los adultos, animados, no hay por qué dudarlo, de buenas intenciones hacia su descendencia.

Y si alarman tales cifras, más lo hace el saber que en un 98 por ciento de los casos estudiados, son las madres las protagonistas de tales situaciones. Para nada debería establecerse un paralelo en que por ello son las más violentas en casa, pero sí las más sobrecargadas y estresadas.

Entre sus «misiones» se incluye, precisamente, ayudar a los hijos en las tareas, para la mayoría de los hogares estudiados, pero ocurre que, según la indagación, junto con el apoyo a la realización de esos deberes, la mamá se dedica a cocinar los alimentos, higienizar el hogar, lavar ropa, cuidar a otros miembros de la familia, fregar, tomar decisiones y atender deberes laborales. Estas son las influencias que median de forma directa; entre las indirectas el estudio apunta que: su pareja se pasa mucho tiempo fuera de la casa, la vivienda está en mal estado, el mercado le queda muy lejos, llegó cansada del trabajo, sin deseos de enfrentarse a los quehaceres de la casa, y no tiene quien la ayude en estos, por solo mencionar algunas.

Tal escenario condiciona que la tarea escolar, al chocar con los avatares de la cotidianidad, tiende a volverse una confrontación entre padres e hijos, que suele derivar en tratos violentos hacia el menor, al decir de Cala Montoya.

Esta investigadora determinó en su muestra que no quedaba establecido un horario específico ni un tiempo de duración para realizar los deberes extraescolares. Debido a ello, se efectúa, en mitad de los casos, dice, en el horario de comida del menor, entre 7:00 y 7:45 p.m. En otro 38 por ciento de las familias estudiadas, la tarea de la escuela se hace de 8:00 p.m. en adelante —ocupando ya horas que deberían ser de sueño—, y en el 22 por ciento restante, se acomete en cuanto los niños llegan de la escuela —cuando debe cambiar la actividad de estudio por juegos e intercambio con la familia, para luego, entonces sí, ponerse a hacer los deberes.

Los tiempos de duración de la tarea oscilan entre 45 minutos y una hora, como promedio, aunque en algunos casos se extienden hasta una hora y media, lo cual parece entrar en contradicción con lo indicado por el conocido Harris Cooper, profesor de Psicología y Neurociencia de la Universidad de Duke, Carolina del Norte, especializado en el tema tareas escolares, quien estima que «cuanto más pequeño es el niño (a), menor debe ser el tiempo dedicado a las tareas escolares». No pocos expertos concuerdan en que la cantidad de tarea escolar debe depender de la edad y capacidad de cada estudiante. Como tendencia, se sugiere que la tarea para niños hasta segundo grado es más eficaz cuando no excede los 20 minutos. Entre el tercero y el sexto grados, los alumnos pueden beneficiarse de 30 a 60 minutos de tarea por día.

Paradojas en familia

Las madres objeto de la investigación buscan garantizar calidad y rapidez en la realización de las tareas por los hijos, pero tan estresadas y sobrecargadas están, que el medio que encuentran para conseguirlo es la violencia, el maltrato. Y quien resulta más afectado es precisamente el menor, aquel para el que desean lo mejor del mundo. Vaya contradicción.

2Ella anhela que su niño esté entre los mejores, y resulta que comienza a mostrar retardo en apropiarse de las habilidades escolares que debería tener, falta de motivación, y también actitudes violentas hacia los demás niños. No es así para todos los casos, pero sí la tendencia.

Otro estudio que caracteriza la salud familiar en los hogares de niños con éxito escolar, a cargo de la Máster en Psicología de la Salud Vivian Méndez, y de los doctores en Ciencias de la Salud Isabel Louro y Héctor Bayarre, también Profesor Titular, ratifica que «hijo de gato…». Como promedio, cerca del 77 por ciento de los 40 núcleos familiares analizados por ellos, donde residían menores con resultados escolares destacados, eran funcionales, prevalecía la cohesión, la comunicación positiva, la armonía y la expresión afectiva.

Estos expertos ratifican que «El cumplimiento armónico de las funciones familiares promueve el desarrollo psicológico de sus integrantes; la formación del comportamiento responsable, de actitudes positivas ante el proceso docente-educativo; atenúa los efectos nocivos de las crisis y crea recursos protectores ante ellas». Cabe suponer que en estos hogares de escolares a los que les va muy bien en el aula, la hora de la tarea no sea también la del pellizco, la ofensa, el grito o el empujón.

Habría que conferirle una especial atención al tema, además de las razones ya apuntadas, porque este maltrato infantil como método de enseñanza, al ser ejercido por los progenitores, muchas veces no se concibe como tal y se hace difícil percibir la gravedad de tal proceder y sus implicaciones.

«La emergencia de formas violentas durante la tarea demuestra a su vez —afirma la investigadora Cala Montoya— la reproducción de una norma aprendida en el interior de las familias y en las relaciones generacionales». Por tanto, no sería de extrañar que quien hoy se inclina sobre su libreta de clases mientras escucha encogido la reprimenda materna o adjetivos que lo desvalorizan o humillan, mañana sea el que grite, ofenda o golpee a su hijo, en un círculo aparentemente sin salida. Pero sí la tiene.

Hace falta resolver muchos pendientes puertas afuera del hogar, y que inciden igual en la buena salud de la familia cubana. No obstante, en paralelo, urge también dotar a madres, padres y demás parientes, de la preparación e instrucción que requieren para que la ayuda al escolar durante la tarea, sea en realidad efectiva y no se convierta en un bumerang. Más del 50 por ciento de los casos objeto de esta indagación sociológica evidenciaron tal carencia. Para suplirla, todavía mucho puede hacer la escuela, en particular mediante las reuniones de padres y el Consejo de Escuela.

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(Fuente: Cubasí)

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